miércoles, 29 de abril de 2009

Nos quieren destruir

Como en una película de cine catástrofe o de la mejor ciencia ficción (una ciencia ficción que, se verá con el correr de este relato, le viene errando al viscachazo), las imágenes que proyectan los televisores revelan un mundo desquiciado y en peligro. Hombres, mujeres, niños y ancianos andan por la calle tapando sus rostros con barbijos, en una suerte de desagravio extemporáneo a Michael Jackson. Mientras, las radios emiten consejos sobre cómo estornudar (sobre el codo, hay que hacerlo, dicen, lo que resulta menos peligroso para el conjunto pero también más asqueroso, porque nada de agradable tiene andar con la manga de la camisa infestada de mucosas). Los chicos llevan Off en sus mochilas y los funcionarios públicos dejan sus oficinas (no hay mal que por bien no venga) para repartir los repelentes mientras aviones livianos sobrevuelan sus cabezas fumigándolo todo. Y los aeropuertos están paralizados y sus pasajeros, varados, lo que aporta buen color a la escena de la psicosis y la conmoción. Con semejante combo, ¿cómo convencer a los profetas del Apocalipsis de que el fin del mundo no ha llegado?
La primera gran macana se la mandó un viejito bonachón a quien se le ocurrió salvar a dos ejemplares (un macho y una hembra) de cada especie. El tipo construyó un barco gigante y les dio asilo a las bestias para que no murieran ahogadas. Acaso el viejo no lo hizo con mala intención, sino todo lo contrario: de buen samaritano lo habrá hecho. Pero ahora se ven las consecuencias de esa epopeya desafortunada e imprudente que le valió fama y lustre universal.
Después vinieron todos los que la pifiaron feo y se llenaron de plata con sus pronósticos errados. Numerosos escritores de ciencia ficción han señalado que el fin de la raza humana sería a manos de las máquinas. Últimamente han reforzado esta teoría dos sagas cinematográficas de tremendo éxito:
* En Terminator, los robots envían a androides al pasado (a 1990 y pico) con la misión de matar al que sería, en el futuro, el líder del movimiento que se alza contra máquinas que, habiendo alcanzado la inteligencia y la autodeterminación, deciden aniquilar a los humanos y gobernar el mundo.
* En Matrix, los humanos viven recluidos en una mega ciudad subterránea. En el exterior, las máquinas lo dominan todo. El tercer capítulo relata, precisamente, la batalla final.
Basta.
Basta de temer ese futuro de arturitos rebelados contra el sometimiento.
Los que nos quieren destruir, según la historia de la salud pública se ha encargado de avisar en reiteradas ocasiones y lo está haciendo ahora de manera dramática, son los animales.
La enciclopedia universal electrónica Wikipedia señala que las mayores pandemias de la historia universal son generalmente “zoonosis”, es decir, enfermedades que se transmiten de animales vertebrados a personas. La lista es larga y escalofriante: Rabia, Fiebre Q, Toxocariasis, Campilobacteriosis, Leptospirosis, Leishmaniasis, Brucelosis, Filariasis, Gripe aviar, Gripe porcina, Tiña, Sarna, Carbunco, Peste, Triquinosis, Cryptosporidium y Hantavirus.
¿Es tan descabellado pensar en una conspiración, en una campaña sistemática de aniquilamiento liderada ahora por chanchos y mosquitos?
Los más exaltados ven maniobras distractivas en la proliferación de material cultural que muestra a los animalitos como bondadosas criaturas, inocentes e inofensivas. ¿Quién no recuerda al bueno de Bamby? ¿Cómo no enternecerse con Clarence, el león cieguito? ¿Alguien, después de sus primeras bravuconadas, puede sospechar que el mal se guarece tras los ojos vidriosos y desgraciados del gato de Shrek? ¿Quién no ha dicho alguna vez, para destacar la ausencia de maldad en una persona, que es más buena que Lassie atada? Mickey puede ser un bobo recalcitrante, pero nadie podría imputarle la más mínima fibra de maldad. ¡Y qué decir del encantador Scooby Doo, que todo lo que tiene de tonto y de cobarde lo tiene de bueno! A estas alturas, se achica el margen para la duda: se trataría de los protagonistas de una cortina de humo que intentó, con la anuencia ingenua de la industria del entretenimiento, tapar la cruda verdad: resentidos por haber quedado relegados en la cadena evolutiva, los bichos han querido siempre destruirnos. Y mal no les está yendo.
Los más afiebrados vislumbran una red humana de complicidades. Gerardo Sofovich, Raúl Portal, Nicole Neuman y Jorge Cuttini están sospechados de ser los contactos locales de una presunta organización global de apoyo a la causa animal. Son, al menos, exponentes de una casta que suele acongojarse más con el sufrimiento animal que con el de las personas. Y que alimentan, con su popularidad, la irresponsabilidad de los grupos de defensa de los derechos de las bestias.
Porque mejor que prevenir es curar; porque mucho mejor es prevenir que lamentarse por la desgracia consumada, es hora de aceptar la realidad y promover la creación de la Sociedad Protectora de Personas. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que los pocos que queden deban asistir a las últimas imágenes del naufragio.
Ya lo dijo Miguel Ángel Russo: cría cuervos y te sacarán los ojos.

(Publicada en diario Diagonales)

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