Un tipo en un auto. Un tipo en un auto en el centro de La Plata. Un tipo en un auto en el centro de La Plata ayer a las 7.38 de la mañana. Datos relativos. Las coordenadas de tiempo y de lugar son datos relativos. El tiempo y el espacio son convenciones caprichosas. El tipo está sentado en su auto a las 7.38 de la mañana en el centro de La Plata, pero está también en Moldavia al mediodía, en Madrid a la noche de un día del que no tiene la más perra referencia, en el Monumental a la tarde-noche del domingo pasado, según sabe después de haber estado ayer en su auto en el centro de La Plata a las 7.38 de la mañana. En tantos lados, a tantas horas.
Por la vereda pasa gente caminando rápido como si fuera tarde para algo, como si estuviera llegando tarde porque todo ya empezó. Pero los negocios no abren. Ninguno abre todavía. Y el Registro de la Propiedad Automotor tampoco. El tipo del auto espera que abra el Registro, que no abre todavía.
El tipo está en el auto en el centro de La Plata a las 7.38 de la mañana, con unos 10 grados de temperatura del otro lado de las ventanillas. Pero está también en Moldavia, la más mínima de las ex provincias soviéticas, en el otro culo del mundo, con 15 grados bajo cero del otro lado de la ventana de una casa de chicas escapadas de los traficantes de chicas, hace quién sabe cuánto. Está atrapado, el tipo, en la historia que una rubia de granos con un ojo de vidrio le cuenta a Martín Caparrós. Una historia que lleva al autor de Una luna y al tipo del auto a un tiempo que no es ése, sino varios otros en los que la chica fue esclava sexual de hombres ásperos que le dieron para que tenga. Le pegaron todos, a Natalia (la de los granos y el ojo de vidrio): el padre y los hermanos que la usaban de mucama, el marido que la vendió embarazada a unos proxenetas, los proxenetas mayoristas que la vendieron a cafiolos minoristas dueños de burdeles, los clientes de los burdeles, el cliente de un burdel que se la llevó a su casa para protegerla de los otros, pero no de él, que también la cagó a palos, los matones de los dueños de los burdeles que la persiguieron cuando se escapó y la corrieron con el auto y la atropellaron y la dejaron tirada creyendo que estaba muerta pero estaba en coma. Tremenda historia de golpizas, violaciones y callejones sin salida, la de Natalia, que se replica por decenas en la casa de las refugiadas.
El tipo levanta la vista y está en la calle ancha del centro de La Plata que tiene pinta de domingo porque nadie estaciona sobre sus cordones –acaso por efecto de los carteles anaranjados, que son como espantapájaros–, mientras los autos se apiñan en las calles de a la vuelta –acaso por la ausencia de los espantapájaros– y dibujan una postal de día hábil y hora pico. Pero los negocios no abren. Ninguno abre todavía. Y tampoco el Registro de la Propiedad Automotor. ¿Qué día será? ¿Qué hora será?
El tipo está en el auto en el centro de La Plata a las 7.38 de la mañana, pero Roberto pone una de Pink Floyd y cuenta de cuando los vio en Madrid y el tipo se va con Roberto a Madrid. Y le pega una de Los Tipitos en la previa del show de Oasis en River, el domingo pasado, y el tipo se sienta en el pasto cubierto de paneles plásticos en el campo de juego del Monumental.
Pero está en Moldavia, en el jardín botánico de Kishinau, la capital moldava, donde Alexandrina, una lugareña, lo empuja a Caparrós a otro momento, más adelante, para que se imagine las magnolias que ahora son unos arbolitos raquíticos.
No sabés lo lindas que son esas flores, cuenta el escritor que le dice Alexandrina.
Sí que lo sé: magnolias, escribe Caparrós como respondiéndole a Alexandrina. Y redondea: El arbolito no es lo que es sino lo que será: lo que debe ser dentro de un tiempo, cuando el tiempo cambie. Tantas décadas de cultura soviética no desaparecen en unos pocos años. En Moldavia, la vida sigue estando más allá, más adelante: en un futuro de magnolias.
De pronto, el Registro de la Propiedad Automotor abre, el tipo deja el auto y entra. Y el zapping rabioso del tiempo y el espacio se detiene. En el bolichito angosto, solamente las tres fotos de sospechosos de vaya a saber qué crimen hasta ahora perfecto, por quienes alguien ofrece recompensas de 100 lucas verdes, mueven el tiempo (el tipo hace un viaje fugaz al far west americano). En el Registro, el tiempo se empantana y no pasa. Se atasca y se hunde en una ciénaga de formularios 02 y 08, cédulas de identificación, fotocopias de primeras y segundas hojas, comprobantes que no trajo el primero de la cola que no se mueve, ni para atrás ni para adelante. En el Registro, el tiempo ya no es abstracto ni es varios: se hace único y concreto, denso, viscoso. Y eso que Yoma, que viste sus mejores galas y se nota –por sus canas– que le ha ganado la pulseada a la inmovilidad del tiempo propio del Registro, despliega sus mejores oficios. Acá te resolvemos todo; para que veas que acá somos unos fenómenos, se jacta. Y tiene razón. Al cabo, el tiempo que afuera circula veloz y nervioso, acaso sin sentido, no es más que una hora, pegajosa, soporífera, pero al fin productiva.
El tipo del auto se va convencido de que el día ya tiene como 37 horas, pero Lalo Mir pide disculpas: a esta hora, con el frío, todavía estoy medio sulfatado, dice.
¿Qué maldita hora será?
jueves, 7 de mayo de 2009
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