martes, 16 de noviembre de 2010
Mi perro dinamita(do)
En la plaza de un pueblo lucen como en ningún otro lado los zapatos de Carito, pero lucen horrible los restos de este ricotero desmesurado, roto, que yace frente a la mismísima catedral de Tandil sin merecer siquiera la piedad del Señor: el Barba le prendió la luz del día y la imagen lo desfiguró. Ni un perro sarnoso y acabado quiso velarlo: se acercó, lo olió y rajó estornudando. Claro, el infierno había estado encantador pero maldición!, iba a ser un día hermoso. Por eso le dijeron: che, Kevin, es hora de levantarse querido! (dormiste bien?) E invocaron el poder del Capitán Buscapina. Pero era tarde. Y ahí quedó, con la ropa sucia. "Turco, tapame que hace frío", pareció pedir, y un buen samaritano entregó la campera. Pero nadie se llevó en andas a este ángel de los perdedores y quedó abandonado allí, tapado con diarios. Por lo menos, una certeza: de esa miel no comen ni las hormigas.
Con Néstor en el corazón, con Cristina a la victoria
Documento emitido por el Frente para la Victoria de La Plata el 2 de noviembre de 2010
En La Plata, la ciudad de nuestra querida Presidenta, la ciudad en la que Cristina y Néstor Kirchner no sólo forjaron el amor que los unió en una vida de lucha sin descanso, sino que, inspirados en el legado de Perón y Evita, abrazaron para siempre los ideales de la causa nacional y popular, rendimos nuestro más sentido homenaje al hombre que cambió la historia en la Argentina del siglo XXI y ratificamos nuestro compromiso inquebrantable con la mujer que conducirá al Pueblo a la victoria.
La histórica movilización popular que lloró la muerte del compañero Néstor Kirchner expresó la conmovedora gratitud de un pueblo hacia el líder que, después de años de escepticismo y desazón, le restituyó la dignidad, la esperanza y la confianza en sí mismo.
Néstor Kirchner recuperó el alma de un pueblo al que habían querido convencer de que las utopías habían muerto; de que ya no tenía sentido soñar con un país justo ni luchar por tantos hermanos y hermanas que sufrían la pobreza, el desempleo y la exclusión social.
Néstor Kirchner nos convenció, en cambio, de que valía la pena defender las grandes causas; y persuadió a los desencantados de que la política, la militancia, la mística y el compromiso social son las herramientas más poderosas para transformar la realidad.
Con la fuerza arrolladora de su pasión y sus convicciones, Néstor Kirchner lideró y ganó, junto al Pueblo, batallas culturales y políticas fundamentales que son parte de su legado esencial:
* Los derechos humanos para recuperar la Memoria, la Verdad y la Justicia y colocar al país como modelo para el mundo;
* la distribución de la riqueza para tributar a la justicia social y a la dignidad del Pueblo;
* el desendeudamiento y el desmantelamiento del ALCA para garantizar la independencia económica;
* la desmonopolización de los medios para democratizar la información y establecer una verdadera libertad de prensa y expresión;
* la integración regional para reconstruir la Patria Grande latinoamericana.
Éstas son las banderas que, en manos de una juventud movilizada tras el liderazgo de nuestra Presidenta, flamearán bien alto en las batallas que quedan en este presente que mira al futuro.
En esta ciudad, la más castigada por la maquinaria genocida que reprimió salvajemente a la última generación que había soñado un mundo mejor, destacamos la obra gigantesca que Néstor Kirchner lideró desde el 25 de mayo de 2003.
Ocho años de crecimiento económico récord
Incremento del PBI a tasas del 8% anual, por encima de la media regional.
Aumento de las reservas de 8 mil millones de dólares (2003) a 51 mil millones de dólares (2010).
Histórica reducción de la deuda externa
Quita del 75% en el canje de 2005. Reducción de la deuda en 60 mil millones de dólares.
Cancelación total de las obligaciones con el FMI en 2006.
Quita del 72% y reducción de la deuda en 13 mil millones de dólares en el canje 2010.
Recuperación de empresas privatizadas
AySA.
Correo Argentino.
Aerolíneas Argentinas.
Drástica reducción de la pobreza y triplicación del empleo
Reducción de la pobreza del 52 por ciento (2003) a menos del 13 por ciento (2010). 10 millones de argentinos rescatados de esa situación.
Creación de más de cuatro millones y medio de puestos de trabajo. Caída del desempleo del 20,4% (2003) al 7,9% (2010).
Recuperación de los fondos previsionales
Incorporación de dos millones de argentinos al beneficio previsional.
Renacionalización de los recursos administrados por las AFJP.
Más de 15 aumentos de haberes.
Asignación Universal por Hijo
3.684.000 hijos de padres desempleados o sub-ocupados reciben 220 pesos mensuales.
Aumento de más del 20% de la tasa de escolarización.
3.778.822 personas perciben asignaciones familiares.
Aumento del 550% del valor de las asignaciones familiares desde 2003.
Salarios fuertes para sostener la producción nacional
Crecimiento sostenido del salario mínimo, que hoy es el más alto de América Latina.
Resurgimiento del sistema de paritarias entre los sectores gremiales y empresariales.
Restructuración de la ley del impuesto a las ganancias de los trabajadores.
Educación para la Igualdad
Inversión superior al 6% del PBI en Educación.
Salario docente quintuplicado: mínimo de 1.840 pesos.
Puesta en marcha del Plan Conectar-Igualdad, con la entrega de tres millones de netbooks a alumnos secundarios.
Creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.
Regreso de 700 científicos que habían dejado el país.
Fin de la impunidad y juicio a civiles y militares
Derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
Reapertura de los juicios a los genocidas de la última dictadura.
Más de 1200 militares imputados por delitos de lesa humanidad y más de un centenar juzgados y condenados.
500 centros clandestinos de detención reconocidos.
Juzgamiento de cómplices civiles del terrorismo de Estado.
Justicia prestigiosa e independiente
Renovación de la Corte Suprema de Justicia de la Nación a partir de un método de selección transparente y participativo.
Reforma del Consejo de la Magistratura y aumento de la participación de los representantes del pueblo en los procesos de selección y juzgamiento de magistrados.
Medios para la democracia y libertad de prensa
Sanción de la Ley de Servicios Audiovisuales en reemplazo de la norma impuesta por la dictadura militar.
Democratización de los servicios de comunicación audiovisual por desconcentración de licencias e ingreso de nuevos actores sociales a la oferta de contenidos.
Fomento a la producción nacional, difusión de culturas locales y consolidación de identidades regionales, nacional y latinoamericana.
Eliminación de las figuras de calumnias e injurias del Código Penal.
Protagónica participación en el ámbito regional a través del Mercosur y la Unión Suramericana de Naciones (Unasur)
Fuerte y decisivo impulso al proceso de integración regional.
Rol clave en situaciones de crisis para la defensa de la paz y la democracia en países hermanos.
Éstas son las banderas que, en manos de una juventud movilizada tras el liderazgo de nuestra Presidenta, flamearán bien alto en las batallas que quedan en este presente que mira al futuro.
Néstor Kirchner se fue dejando un país de pie, en crecimiento e inclusivo. Un pueblo reconciliado con la política y una juventud movilizada a favor de la dignidad y en contra de los intereses sectoriales mezquinos de siempre, que quieren frenar la transformación.
Néstor Kirchner se fue. Y lo vamos a extrañar. Pero nos dejó la conciencia de nuestras fuerzas y la confianza en nuestras capacidades.
Desde la ciudad de La Plata, la de miles de hombres y mujeres que pusieron el cuerpo y entregaron la vida para que no murieran los ideales, nos sumamos a millones de argentinos y argentinas bien nacidos que no disfrutan el progreso personal mientras quedan hermanos y hermanas que sufren.
Y ratificamos nuestro más profundo compromiso con la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner y con el Proyecto Nacional y Popular que ha dado lugar al proceso transformador más vigoroso y revolucionario de los últimos 50 años, respetuoso de las banderas del Movimiento.
Dijo Perón que el Pueblo debe marchar con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes.
En estas horas tristes, de dolor pero fundamentalmente de esperanza, el Pueblo dejó en claro que confía en Cristina —jefa indiscutida de nuestro Movimiento—, en el poder de su lucidez extraordinaria, en la fuerza de sus convicciones intactas, en la llama luminosa de la memoria de su compañero y en su irrenunciable compromiso con los más altos intereses de la Nación, para encabezar la marcha victoriosa.
Que no quepan dudas. Nuestra “Presidenta Coraje”, como la llamaba Néstor, atraviesa su hora más dolorosa, pero no la más difícil. Ella, que ha demostrado vocación, talento y valentía excepcionales para gobernar y liderar, es quien conduce este Proyecto Nacional y Popular. Y lo profundizará más allá de 2011, como le pidió esa “nueva plaza” que emergió de la esperanza sembrada en los jóvenes por nuestro mejor compañero.
Ratificamos, asimismo, nuestra convicción de que no hay proyecto posible de ciudad si se lo concibe aislado del Modelo Provincial y Nacional, ni tampoco proyecto nacional que no tribute a la integración latinoamericana. Como nos enseñó el General: “Nadie se realizará en una comunidad que no se realiza”.
A la altura de estas circunstancias nos comprometemos a estar, sin especulaciones ni dobleces, redoblando nuestro compromiso y nuestro esfuerzo, custodiando esta gesta popular frente a las acechanzas de quienes siempre están listos para atentar contra los intereses de la Patria y el Pueblo, y trabajando sin descanso para multiplicar la maravillosa militancia platense que nutre el Proyecto Nacional.
Así, con la ofrenda de nuestro compromiso personal y político, marcharemos de la mano con Cristina a la victoria.
En La Plata, la ciudad de nuestra querida Presidenta, la ciudad en la que Cristina y Néstor Kirchner no sólo forjaron el amor que los unió en una vida de lucha sin descanso, sino que, inspirados en el legado de Perón y Evita, abrazaron para siempre los ideales de la causa nacional y popular, rendimos nuestro más sentido homenaje al hombre que cambió la historia en la Argentina del siglo XXI y ratificamos nuestro compromiso inquebrantable con la mujer que conducirá al Pueblo a la victoria.
La histórica movilización popular que lloró la muerte del compañero Néstor Kirchner expresó la conmovedora gratitud de un pueblo hacia el líder que, después de años de escepticismo y desazón, le restituyó la dignidad, la esperanza y la confianza en sí mismo.
Néstor Kirchner recuperó el alma de un pueblo al que habían querido convencer de que las utopías habían muerto; de que ya no tenía sentido soñar con un país justo ni luchar por tantos hermanos y hermanas que sufrían la pobreza, el desempleo y la exclusión social.
Néstor Kirchner nos convenció, en cambio, de que valía la pena defender las grandes causas; y persuadió a los desencantados de que la política, la militancia, la mística y el compromiso social son las herramientas más poderosas para transformar la realidad.
Con la fuerza arrolladora de su pasión y sus convicciones, Néstor Kirchner lideró y ganó, junto al Pueblo, batallas culturales y políticas fundamentales que son parte de su legado esencial:
* Los derechos humanos para recuperar la Memoria, la Verdad y la Justicia y colocar al país como modelo para el mundo;
* la distribución de la riqueza para tributar a la justicia social y a la dignidad del Pueblo;
* el desendeudamiento y el desmantelamiento del ALCA para garantizar la independencia económica;
* la desmonopolización de los medios para democratizar la información y establecer una verdadera libertad de prensa y expresión;
* la integración regional para reconstruir la Patria Grande latinoamericana.
Éstas son las banderas que, en manos de una juventud movilizada tras el liderazgo de nuestra Presidenta, flamearán bien alto en las batallas que quedan en este presente que mira al futuro.
En esta ciudad, la más castigada por la maquinaria genocida que reprimió salvajemente a la última generación que había soñado un mundo mejor, destacamos la obra gigantesca que Néstor Kirchner lideró desde el 25 de mayo de 2003.
Ocho años de crecimiento económico récord
Incremento del PBI a tasas del 8% anual, por encima de la media regional.
Aumento de las reservas de 8 mil millones de dólares (2003) a 51 mil millones de dólares (2010).
Histórica reducción de la deuda externa
Quita del 75% en el canje de 2005. Reducción de la deuda en 60 mil millones de dólares.
Cancelación total de las obligaciones con el FMI en 2006.
Quita del 72% y reducción de la deuda en 13 mil millones de dólares en el canje 2010.
Recuperación de empresas privatizadas
AySA.
Correo Argentino.
Aerolíneas Argentinas.
Drástica reducción de la pobreza y triplicación del empleo
Reducción de la pobreza del 52 por ciento (2003) a menos del 13 por ciento (2010). 10 millones de argentinos rescatados de esa situación.
Creación de más de cuatro millones y medio de puestos de trabajo. Caída del desempleo del 20,4% (2003) al 7,9% (2010).
Recuperación de los fondos previsionales
Incorporación de dos millones de argentinos al beneficio previsional.
Renacionalización de los recursos administrados por las AFJP.
Más de 15 aumentos de haberes.
Asignación Universal por Hijo
3.684.000 hijos de padres desempleados o sub-ocupados reciben 220 pesos mensuales.
Aumento de más del 20% de la tasa de escolarización.
3.778.822 personas perciben asignaciones familiares.
Aumento del 550% del valor de las asignaciones familiares desde 2003.
Salarios fuertes para sostener la producción nacional
Crecimiento sostenido del salario mínimo, que hoy es el más alto de América Latina.
Resurgimiento del sistema de paritarias entre los sectores gremiales y empresariales.
Restructuración de la ley del impuesto a las ganancias de los trabajadores.
Educación para la Igualdad
Inversión superior al 6% del PBI en Educación.
Salario docente quintuplicado: mínimo de 1.840 pesos.
Puesta en marcha del Plan Conectar-Igualdad, con la entrega de tres millones de netbooks a alumnos secundarios.
Creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.
Regreso de 700 científicos que habían dejado el país.
Fin de la impunidad y juicio a civiles y militares
Derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
Reapertura de los juicios a los genocidas de la última dictadura.
Más de 1200 militares imputados por delitos de lesa humanidad y más de un centenar juzgados y condenados.
500 centros clandestinos de detención reconocidos.
Juzgamiento de cómplices civiles del terrorismo de Estado.
Justicia prestigiosa e independiente
Renovación de la Corte Suprema de Justicia de la Nación a partir de un método de selección transparente y participativo.
Reforma del Consejo de la Magistratura y aumento de la participación de los representantes del pueblo en los procesos de selección y juzgamiento de magistrados.
Medios para la democracia y libertad de prensa
Sanción de la Ley de Servicios Audiovisuales en reemplazo de la norma impuesta por la dictadura militar.
Democratización de los servicios de comunicación audiovisual por desconcentración de licencias e ingreso de nuevos actores sociales a la oferta de contenidos.
Fomento a la producción nacional, difusión de culturas locales y consolidación de identidades regionales, nacional y latinoamericana.
Eliminación de las figuras de calumnias e injurias del Código Penal.
Protagónica participación en el ámbito regional a través del Mercosur y la Unión Suramericana de Naciones (Unasur)
Fuerte y decisivo impulso al proceso de integración regional.
Rol clave en situaciones de crisis para la defensa de la paz y la democracia en países hermanos.
Éstas son las banderas que, en manos de una juventud movilizada tras el liderazgo de nuestra Presidenta, flamearán bien alto en las batallas que quedan en este presente que mira al futuro.
Néstor Kirchner se fue dejando un país de pie, en crecimiento e inclusivo. Un pueblo reconciliado con la política y una juventud movilizada a favor de la dignidad y en contra de los intereses sectoriales mezquinos de siempre, que quieren frenar la transformación.
Néstor Kirchner se fue. Y lo vamos a extrañar. Pero nos dejó la conciencia de nuestras fuerzas y la confianza en nuestras capacidades.
Desde la ciudad de La Plata, la de miles de hombres y mujeres que pusieron el cuerpo y entregaron la vida para que no murieran los ideales, nos sumamos a millones de argentinos y argentinas bien nacidos que no disfrutan el progreso personal mientras quedan hermanos y hermanas que sufren.
Y ratificamos nuestro más profundo compromiso con la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner y con el Proyecto Nacional y Popular que ha dado lugar al proceso transformador más vigoroso y revolucionario de los últimos 50 años, respetuoso de las banderas del Movimiento.
Dijo Perón que el Pueblo debe marchar con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes.
En estas horas tristes, de dolor pero fundamentalmente de esperanza, el Pueblo dejó en claro que confía en Cristina —jefa indiscutida de nuestro Movimiento—, en el poder de su lucidez extraordinaria, en la fuerza de sus convicciones intactas, en la llama luminosa de la memoria de su compañero y en su irrenunciable compromiso con los más altos intereses de la Nación, para encabezar la marcha victoriosa.
Que no quepan dudas. Nuestra “Presidenta Coraje”, como la llamaba Néstor, atraviesa su hora más dolorosa, pero no la más difícil. Ella, que ha demostrado vocación, talento y valentía excepcionales para gobernar y liderar, es quien conduce este Proyecto Nacional y Popular. Y lo profundizará más allá de 2011, como le pidió esa “nueva plaza” que emergió de la esperanza sembrada en los jóvenes por nuestro mejor compañero.
Ratificamos, asimismo, nuestra convicción de que no hay proyecto posible de ciudad si se lo concibe aislado del Modelo Provincial y Nacional, ni tampoco proyecto nacional que no tribute a la integración latinoamericana. Como nos enseñó el General: “Nadie se realizará en una comunidad que no se realiza”.
A la altura de estas circunstancias nos comprometemos a estar, sin especulaciones ni dobleces, redoblando nuestro compromiso y nuestro esfuerzo, custodiando esta gesta popular frente a las acechanzas de quienes siempre están listos para atentar contra los intereses de la Patria y el Pueblo, y trabajando sin descanso para multiplicar la maravillosa militancia platense que nutre el Proyecto Nacional.
Así, con la ofrenda de nuestro compromiso personal y político, marcharemos de la mano con Cristina a la victoria.
El mensaje del pueblo

“Todavía quedan causas por defender en este mundo”. Con esa frase/arenga, José Pablo Feinmann cierra “La filosofía y el barro de la historia”, un libraco esencial, del que no se sale ileso.
Con ese mensaje, sostenido por una convicción arrolladora, entró a la historia argentina Néstor Kirchner en mayo de 2003, cuando creíamos que todo estaba perdido.
Con esa consigna, que muchos tardamos en apreciar por estar entretenidos con el árbol que nos tapaba el bosque, refutó el nihilismo adormecedor de la posmodernidad neoliberal de los ’90; aquella que nos quiso convencer de que habían muerto las ideologías y las utopías. Lo que es lo mismo: que ya no tenía sentido soñar un mundo sin injusticia, única manera de no soportarla.
Kirchner recuperó a la política como proceso colectivo de creación de justicia. Y reconstruyó el valor de la militancia solidaria. Las ganas de luchar por los otros. Como decía Sartre: el valor del hombre en la calle, entre los otros hombres, arrojado a la praxis de su libertad inalienable.
Eso se nota en estas horas tristes, pero cargadas de compromiso social, de ciudadanía.
Para despedir al ex presidente, la cola sale de Plaza de Mayo, recorre la avenida de Mayo hasta la 9 de Julio y rebota otra vez hasta la Plaza. Y no afloja. Conmueve.
Hay chicos, hay jóvenes (hay muchos jóvenes), hay adultos, hay viejos, hay hombres y mujeres, hay gays, hay pobres, hay perfectos representantes de la clase media porfiada, hay intelectuales, artistas, militantes estudiantiles y de organizaciones sociales, hay laburantes, hay indios, hay coyas, hay negros, blancos, morochos, rubios y pelirrojos.
Es el pueblo. El pueblo en la calle. Dolorido, compungido, shockeado, con esa demoledora sensación de orfandad...
Lloran desconsolados. Lloran como marranos. Lloran mujeres y lloran tipos corpulentos, con sus caras de recios desfiguradas por la angustia… lloran como chicos.
Y bancan. La bancan a ella, que se aferra a ese féretro que guarda 35 años del más intenso romance que diera la política argentina después de Perón y Eva.
Ella es un fenómeno: tiene las luces y el pueblo. ¿Quién más tuvo las luces y el pueblo?
Y no tiene sólo al pueblo argentino. En la cola hay uruguayos, bolivianos, paraguayos, peruanos… Es el pueblo de la Patria Grande que soñaron San Martín y Bolívar. Y también Kirchner.
El primero que la quebró fue un peruano que gritó, su puño en alto, delante del cajón: “¡Viva Kirchner! ¡Viva la América del Sur!”. Ella se hundió en el pecho de su hija y lloró.
Con ella están Mujica, Evo, Correa, Lugo, Piñera, Santos, Chavez. Viene Lula. Ellos están juntos en el dolor como estuvieron en la celebración del Bicentenario. Como estuvieron en Bariloche para evitar una guerra entre hermanos cuando a Chávez y a Uribe se les había acabado la paciencia; como estuvieron en la selva colombiana para rescatar a los rehenes de las FARC, en Honduras para bancar a Zelaya, en Ecuador para defender a Correa.
Mojones de un camino restaurador, irreversible, esperanzador.
El pueblo en la calle está diciendo que no quiere volver para atrás.
Le agradece a él que lo haya convocado a recorrerlo, que lo haya puesto a andar en ese camino.
Y la banca a ella.
Recoge el mensaje fundacional, ya hecho carne. Y le dice: “Todavía quedan causas por defender en este mundo”.
The Twitter Show

Uno cuenta que su hijito le dice no sé qué cosa y se vuelve a jugar.
Otra cuenta que está comiendo un asado con amigos de la secundaria y que recuerdan anécdotas del colegio.
Otra cuenta su día de la madre al sol con su hijita y los “regalitos” y bla bla bla.
Hay una periodista de la tele que nos relata su existencia en tiempo real. Sólo para cuando duerme. (Ojalá durmiera más).
Son cada vez más los que dan los buenos días y las buenas noches y cuentan sus estados de ánimo en el arranque y al cierre de cada jornada.
Es como que se despiertan cada mañana a dos mundos: el real y el TW.
(Anoche, uno pidió perdón porque era tarde y se había olvidado de saludar, como quien se olvida de darle un beso a un hijo).
¿Por qué le contamos nuestra intimidad a un montón de extraños?
¿Por qué no hacemos lo mismo, pero cara a cara, con los extraños de la cola del banco o de la panadería?
¿Por qué no entramos al cine megáfono en mano y anunciamos que “el nene hizo caca en la pelela"?
¿Saludamos cada mañana y cada noche a nuestras parejas con tanto entusiasmo como saludamos “a todos” en TW?
¿Por qué colgamos en FB nuestros álbumes de fotos íntimas?
¿Por qué involucramos a terceros en esa publicidad sin pedirles permiso?
¿Por qué, entonces, no repartimos esas fotos en la cancha entre cuanto extraño encontramos en la tribuna?
¿Qué es esto tan común de mediatizar nuestra vida privada?
A escala, ¿no es lo mismo que hace la farándula en las revistas o en el continuado Rial-Canosa-etc-etc-etc? (¡¡Pero gratis!!)
¿No es lo mismo que hacían esas parejas tan bizarras en el tan bizarro programa de Moria? (Recuerden: si querés llorar, llorá)
A nosotros, que no somos ningunos grasas, ¿la farándula y los invitados de Moria no nos parecen un espanto?
¿Por qué hemos decidido granhermanizarnos?
¿Morbo? ¿Vanidad? ¿Exhibicionismo? ¿Alienación? ¿Soledad?
¿No somos nada —o somos demasiado chiquitos— si no somos públicos?
¿Queremos ser Ricardo Fort? (No digo tener su fortuna; digo ser tan obscenos y tan pelotudos).
No entiendo. Juro que no entiendo.
Aguante los pibes
Los estudiantes del Mayo Francés acaso hayan sido protagonistas del último intento de la izquierda por cambiar el mundo, “la historia” —la historia como un todo. La revuelta parisina del ’68 fue, quizá, el último zarpazo revolucionario contra “el sistema” —contra todo “el sistema”— y, también, el último grito —un grito desgarrado—, el último estertor de la modernidad, que ya agonizaba.
Después, los que vinieron después, montados sobre el fracaso del marxismo por obra y gracia de la brutalidad stalinista, detonaron una bomba en el corazón de “la historia” y la partieron en miles de esquirlas. La convirtieron en infinitos fragmentos, en infinitos pequeños relatos sin pasado, sin sentido y sin futuro. Y crearon el marco teórico necesario para la renuncia a la épica de las grandes causas; para resignarse a luchar contra las injusticias del capitalismo desde adentro del sistema. Ya no se podía cambiarlo todo, porque no había ningún todo.
Con la caída del muro, los posmodernos neoliberales decretaron la muerte de las ideologías, mandaron a las utopías a los museos, momificaron las epopeyas universales.
Si algo bueno ha hecho el kirchnerismo en esta primera década del siglo XXI es pelearse con la posmodernidad neoliberal. Y recuperar a la política —el concepto de, primero que nada—como proceso colectivo de creación de justicia (política, social, económica y cultural).
Lo que ha hecho el kirchnerismo en Argentina es —lo ha intentado, al menos— reconstruir el valor de la militancia comprometida y solidaria. Nos propuso reencontrarnos en una identidad y en un proyecto nacionales y latinoamericanos. Nos invitó a salir del closet del individualismo salvesequienpuedista posmoderno y neoliberal.
De todos modos, a 27 años de haber recuperado la democracia y a más de siete de kirchnerismo, son muchos los que le siguen poniendo una carga negativa a la política —recuérdese: a las dictaduras no les gusta la política; lo primero que hizo la última nuestra fue prohibir la política.
Toda vez que la militancia estudiantil se pone revoltosa —natural, saludable y refrescantemente revoltosa—, los voceros de la derecha le saltan encima como lobos hambrientos.
Ahí están los Feinmann en la tele para mandar a esos mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda a la casa a estudiar. “A vos tu educación te sale gratis, pero a mí y a todos los contribuyentes tu educación nos cuesta bastante caro como para que vos te la pases haciendo quilombo”, suele gritarles Feinmann, rojo —vaya paradoja— de calentura fascista.
Ahí están los movileros echando leña al fuego con la palabra maldita. “¿Cree que la protesta de los chicos se politizó?”, les preguntan a esos padres enardecidos, exponentes de la clase media notemetasista que prefieren criar a sus hijos a su imagen y semejanza y entonces no conciben la posibilidad de que tomen el cole aunque en su cole esté todo bien; que lo tomen por solidaridad con los que van a uno en el que está todo mal —no entienden que la solidaridad es el insumo fundamental de la militancia, el valor inflamable que la enciende y la mantiene viva, como una llama.
Ahí no están los grandulones que trabajan de burócratas y no hacen lo que tienen que hacer y, con cara de circunstancia, declaman que “cerrar colegios es atentar contra la educación pública”. A ellos, verdaderos responsables de la educación de los pibes que se ponen revoltosos para reclamar ese derecho, la cámara casi no los toma. La cámara de Feinmann se enamora de los mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda —amores que matan.
Pero también están los otros. Los padres que prefieren ver a sus hijos millones de veces derrapando en el barro de la militancia política solidaria antes que contemplarlos en la seguridad del autismo. Los viejos que se ahogan en baba cuando los ven hablando por la tele. Los que marchan con ellos para apoyarlos y para cuidarlos.
Están los Feinmann que se lamentan por el dinero público tirado a la mierda, malgastado en la formación de los mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda.
Y estamos los que creemos que a esos pibes habría que becarlos. A esos chicos que demuestran desde temprano esa vocación por el servicio público; a esos pendejos revoltosos que gritan sus ganas de conducir y liderar países mejores; a esos chicos que ya están decididos a hacerse cargo, los que no tienen ninguna de esas inquietudes deberían, por lo menos, financiarles una buena formación.
A esos pibes, el Estado, la política, la escuela, la sociedad deberían prestarles especial atención, apoyarlos, facilitarles las mejores herramientas para que mañana puedan ser buenos administradores de la cosa pública —eficientes, creativos, responsables, honestos—, garantizarles el acceso a todos los libros que quieran leer.
Esos mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda son, en definitiva, los que intentarán garantizarles a los hijos de los demás, a los hijos de los que hoy no se embarran y a los nietos de los que prefieren que sus hijos no se embarren, una educación pública progresista y de excelencia; una que forme actores sociales dispuestos a abrazar las grandes causas para escribir los grandes relatos de mañana.
Después, los que vinieron después, montados sobre el fracaso del marxismo por obra y gracia de la brutalidad stalinista, detonaron una bomba en el corazón de “la historia” y la partieron en miles de esquirlas. La convirtieron en infinitos fragmentos, en infinitos pequeños relatos sin pasado, sin sentido y sin futuro. Y crearon el marco teórico necesario para la renuncia a la épica de las grandes causas; para resignarse a luchar contra las injusticias del capitalismo desde adentro del sistema. Ya no se podía cambiarlo todo, porque no había ningún todo.
Con la caída del muro, los posmodernos neoliberales decretaron la muerte de las ideologías, mandaron a las utopías a los museos, momificaron las epopeyas universales.
Si algo bueno ha hecho el kirchnerismo en esta primera década del siglo XXI es pelearse con la posmodernidad neoliberal. Y recuperar a la política —el concepto de, primero que nada—como proceso colectivo de creación de justicia (política, social, económica y cultural).
Lo que ha hecho el kirchnerismo en Argentina es —lo ha intentado, al menos— reconstruir el valor de la militancia comprometida y solidaria. Nos propuso reencontrarnos en una identidad y en un proyecto nacionales y latinoamericanos. Nos invitó a salir del closet del individualismo salvesequienpuedista posmoderno y neoliberal.
De todos modos, a 27 años de haber recuperado la democracia y a más de siete de kirchnerismo, son muchos los que le siguen poniendo una carga negativa a la política —recuérdese: a las dictaduras no les gusta la política; lo primero que hizo la última nuestra fue prohibir la política.
Toda vez que la militancia estudiantil se pone revoltosa —natural, saludable y refrescantemente revoltosa—, los voceros de la derecha le saltan encima como lobos hambrientos.
Ahí están los Feinmann en la tele para mandar a esos mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda a la casa a estudiar. “A vos tu educación te sale gratis, pero a mí y a todos los contribuyentes tu educación nos cuesta bastante caro como para que vos te la pases haciendo quilombo”, suele gritarles Feinmann, rojo —vaya paradoja— de calentura fascista.
Ahí están los movileros echando leña al fuego con la palabra maldita. “¿Cree que la protesta de los chicos se politizó?”, les preguntan a esos padres enardecidos, exponentes de la clase media notemetasista que prefieren criar a sus hijos a su imagen y semejanza y entonces no conciben la posibilidad de que tomen el cole aunque en su cole esté todo bien; que lo tomen por solidaridad con los que van a uno en el que está todo mal —no entienden que la solidaridad es el insumo fundamental de la militancia, el valor inflamable que la enciende y la mantiene viva, como una llama.
Ahí no están los grandulones que trabajan de burócratas y no hacen lo que tienen que hacer y, con cara de circunstancia, declaman que “cerrar colegios es atentar contra la educación pública”. A ellos, verdaderos responsables de la educación de los pibes que se ponen revoltosos para reclamar ese derecho, la cámara casi no los toma. La cámara de Feinmann se enamora de los mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda —amores que matan.
Pero también están los otros. Los padres que prefieren ver a sus hijos millones de veces derrapando en el barro de la militancia política solidaria antes que contemplarlos en la seguridad del autismo. Los viejos que se ahogan en baba cuando los ven hablando por la tele. Los que marchan con ellos para apoyarlos y para cuidarlos.
Están los Feinmann que se lamentan por el dinero público tirado a la mierda, malgastado en la formación de los mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda.
Y estamos los que creemos que a esos pibes habría que becarlos. A esos chicos que demuestran desde temprano esa vocación por el servicio público; a esos pendejos revoltosos que gritan sus ganas de conducir y liderar países mejores; a esos chicos que ya están decididos a hacerse cargo, los que no tienen ninguna de esas inquietudes deberían, por lo menos, financiarles una buena formación.
A esos pibes, el Estado, la política, la escuela, la sociedad deberían prestarles especial atención, apoyarlos, facilitarles las mejores herramientas para que mañana puedan ser buenos administradores de la cosa pública —eficientes, creativos, responsables, honestos—, garantizarles el acceso a todos los libros que quieran leer.
Esos mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda son, en definitiva, los que intentarán garantizarles a los hijos de los demás, a los hijos de los que hoy no se embarran y a los nietos de los que prefieren que sus hijos no se embarren, una educación pública progresista y de excelencia; una que forme actores sociales dispuestos a abrazar las grandes causas para escribir los grandes relatos de mañana.
El combate por la Verdad
Michel Foucault plantea que “la verdad es de este mundo” y que “existe un ‘combate por la verdad’”. Y José Pablo Feinmann explica, explicando a Foucault: “Que sea de este mundo significa que no es ‘revelada’, que no existe ‘en sí’, que no es ‘necesaria’, que no es ‘evidente’, que no es ‘verificable’, que no es ‘científica’, que no se opone a ‘falsedad ideológica’”. Y explica también: “Que hay un ‘combate’ a su alrededor significa que hay que conquistarla”.
Para Foucault, la verdad no está ahí y sólo hay que descubrirla, como decían los griegos. La “verdad”, en rigor, es el resultado de un proceso de producción, es la criatura nacida de un sistema de producción de verdad, que no es otro que el poder. La verdad, en definitiva, es una imposición del poder. “Está ligada circularmente a los sistemas de poder que la producen y la mantienen”, dice Foucault.
Eso, explica Feinmann, explicando a Foucault, da lugar a un combate que no es “a favor de la verdad”, sino “por la verdad”.
¿Cómo triunfar en ese combate? ¿Cómo construir otra verdad? “No se trata de liberar la verdad de todo sistema de poder (…) sino de separar el poder de la verdad de las formas hegemónicas (sociales, económicas, culturales) en el interior de las cuales funciona por el momento”, dice Foucault, y Feinmann lo interpreta: “En suma, no hay que liberar la verdad del sistema de poder” porque “la verdad se expresa como poder y por medio del poder”. Y propone, interpretando a Foucault y en tren de “triunfar en la ‘lucha por la verdad’”, hacer un cambio “drástico”, “revolucionario”, para cambiar, en palabras de Foucault, “el régimen político, económico, institucional de producción de la verdad”.
Con preguntas, Feinmann abunda en eso del cambio “drástico”, “revolucionario”. ¿Se trata de, separando la verdad, crear nuevas formas hegemónicas? ¿Se trata de apropiarse de ellas y —desde ellas—imponer una nueva verdad-poder?
Foucault escribió esto hace más de tres décadas. Feinmann, hace seis años. Los dos nos ayudan a entender qué pasa hoy en Argentina.
El combate del momento. Juntos, Clarín y La Nación tienen el setenta y pico por ciento de las acciones de Papel Prensa. Es decir que controlan la producción y la comercialización del papel de diario que se consume en el país. O sea: administran a su antojo el insumo esencial de los diarios.
No sólo fijan a discreción el precio del papel, sino que producen según sus propias necesidades (la planta produciría por debajo de su capacidad para pisar la oferta), con lo que también fijan los cupos de compra a los que acceden los demás diarios y fijan la disposición del insumo en el mercado.
Cada vez que lo hacen, compran papel para varios meses y patean los pagos. Por eso siempre tienen stock de sobra. Los otros diarios, en cambio, tienen que comprar a cuentagotas y cash.
Éste es uno de los cimientos del poder de La Nación y de Clarín y, a la vez, una de las cruces más pesadas que cargan los otros diarios, sobre todo los más chicos del interior. Por eso difícilmente vayan a encontrarse críticas a la avanzada del Gobierno en otros diarios que no sean La Nación y Clarín. Por el contrario, podrán encontrarse adhesiones tácitas y hasta explícitas (botón de muestra en http://www.diariohoy.net/accion-verNota-id-100067-titulo-La_lucha_que_nos_fortalece).
Clarín y La Nación (sobre todo Clarín) son un poder trascendente a los gobiernos. Han sometido a todos en base a prácticas que poco tienen que ver con los buenos modales (“Ningún gobierno resiste tres tapas seguidas en contra”). Y han adherido a todos los que los favorecieron en sus negocios, sin reparar en su naturaleza ni en su legitimidad/legalidad.
Son, en palabras de Foucault, el sistema hegemónico de producción de verdad.
Más allá de revelar cómo se apropiaron de Papel Prensa en alianza estratégica con la dictadura genocida, el objetivo del Gobierno es desconcentrar el mercado del papel para desarticular ese poder hegemónico de producción de verdad.
El Gobierno y Clarín están trenzados en un cruento combate por la verdad que, teniendo en cuenta eso de que Foucault explicó este proceso hace más de 30 años, no debería escandalizar a nadie. Pero escandaliza, sí, porque este gobierno es el primero que se anima a pelearle la verdad al sistema que hegemoniza la construcción del relato “verdadero”.
A los periodistas no nos gusta esta suerte de River-Boca que se juega en los medios. Aún atendiendo a Foucault, y aunque está claro que la objetividad ejercida por sujetos es un contrasentido, muchos creemos que la intención de la imparcialidad en la redacción de la noticia (y la opinión rotulada claramente como tal) es un camino que nos acerca al buen periodismo.
Pero hoy lo que hay es un combate. Y en los combates, los neutrales son bichos raros.
Un sistema democrático y pluralista de producción de verdades debería erigirse en la calma después de la tormenta.
Para Foucault, la verdad no está ahí y sólo hay que descubrirla, como decían los griegos. La “verdad”, en rigor, es el resultado de un proceso de producción, es la criatura nacida de un sistema de producción de verdad, que no es otro que el poder. La verdad, en definitiva, es una imposición del poder. “Está ligada circularmente a los sistemas de poder que la producen y la mantienen”, dice Foucault.
Eso, explica Feinmann, explicando a Foucault, da lugar a un combate que no es “a favor de la verdad”, sino “por la verdad”.
¿Cómo triunfar en ese combate? ¿Cómo construir otra verdad? “No se trata de liberar la verdad de todo sistema de poder (…) sino de separar el poder de la verdad de las formas hegemónicas (sociales, económicas, culturales) en el interior de las cuales funciona por el momento”, dice Foucault, y Feinmann lo interpreta: “En suma, no hay que liberar la verdad del sistema de poder” porque “la verdad se expresa como poder y por medio del poder”. Y propone, interpretando a Foucault y en tren de “triunfar en la ‘lucha por la verdad’”, hacer un cambio “drástico”, “revolucionario”, para cambiar, en palabras de Foucault, “el régimen político, económico, institucional de producción de la verdad”.
Con preguntas, Feinmann abunda en eso del cambio “drástico”, “revolucionario”. ¿Se trata de, separando la verdad, crear nuevas formas hegemónicas? ¿Se trata de apropiarse de ellas y —desde ellas—imponer una nueva verdad-poder?
Foucault escribió esto hace más de tres décadas. Feinmann, hace seis años. Los dos nos ayudan a entender qué pasa hoy en Argentina.
El combate del momento. Juntos, Clarín y La Nación tienen el setenta y pico por ciento de las acciones de Papel Prensa. Es decir que controlan la producción y la comercialización del papel de diario que se consume en el país. O sea: administran a su antojo el insumo esencial de los diarios.
No sólo fijan a discreción el precio del papel, sino que producen según sus propias necesidades (la planta produciría por debajo de su capacidad para pisar la oferta), con lo que también fijan los cupos de compra a los que acceden los demás diarios y fijan la disposición del insumo en el mercado.
Cada vez que lo hacen, compran papel para varios meses y patean los pagos. Por eso siempre tienen stock de sobra. Los otros diarios, en cambio, tienen que comprar a cuentagotas y cash.
Éste es uno de los cimientos del poder de La Nación y de Clarín y, a la vez, una de las cruces más pesadas que cargan los otros diarios, sobre todo los más chicos del interior. Por eso difícilmente vayan a encontrarse críticas a la avanzada del Gobierno en otros diarios que no sean La Nación y Clarín. Por el contrario, podrán encontrarse adhesiones tácitas y hasta explícitas (botón de muestra en http://www.diariohoy.net/accion-verNota-id-100067-titulo-La_lucha_que_nos_fortalece).
Clarín y La Nación (sobre todo Clarín) son un poder trascendente a los gobiernos. Han sometido a todos en base a prácticas que poco tienen que ver con los buenos modales (“Ningún gobierno resiste tres tapas seguidas en contra”). Y han adherido a todos los que los favorecieron en sus negocios, sin reparar en su naturaleza ni en su legitimidad/legalidad.
Son, en palabras de Foucault, el sistema hegemónico de producción de verdad.
Más allá de revelar cómo se apropiaron de Papel Prensa en alianza estratégica con la dictadura genocida, el objetivo del Gobierno es desconcentrar el mercado del papel para desarticular ese poder hegemónico de producción de verdad.
El Gobierno y Clarín están trenzados en un cruento combate por la verdad que, teniendo en cuenta eso de que Foucault explicó este proceso hace más de 30 años, no debería escandalizar a nadie. Pero escandaliza, sí, porque este gobierno es el primero que se anima a pelearle la verdad al sistema que hegemoniza la construcción del relato “verdadero”.
A los periodistas no nos gusta esta suerte de River-Boca que se juega en los medios. Aún atendiendo a Foucault, y aunque está claro que la objetividad ejercida por sujetos es un contrasentido, muchos creemos que la intención de la imparcialidad en la redacción de la noticia (y la opinión rotulada claramente como tal) es un camino que nos acerca al buen periodismo.
Pero hoy lo que hay es un combate. Y en los combates, los neutrales son bichos raros.
Un sistema democrático y pluralista de producción de verdades debería erigirse en la calma después de la tormenta.
La dialéctica del panqueque
Con honrosas excepciones, los periodistas que cubren fútbol suelen ser buenos voceros de las miserias populares, que no por ser populares dejan de ser miserias, dicho esto con la certeza de que no se trata de una afirmación muy popular –tribunera, debería decirse.
No. En rigor, darles estatura de intérpretes del pueblo sería una exageración. O más: un error. Entonces: los periodistas que cubren fútbol tienen micrófonos para amplificar las barbaridades que todos decimos, con menos repercusión pública, en el living, en la oficina o en el bar. Son, acaso, hinchas con micrófono, con lo que estarían defraudando la expectativa lógica de que, por su formación específica en la materia, que debería distinguirlos del que se preparó para diseñar puentes, extirpar tumores, purgar cañerías o reparar trenes delanteros, sus análisis estuviesen enriquecidos por conocimientos presuntamente más frondosos y sus pasiones, amortiguadas por ciertas normas del buen ejercicio profesional.
Pero no: como los hinchas comunes y corrientes, como el energúmeno de la popular –o de la platea, que puede ser peor porque se siente más poderoso y el poder crea sensación de impunidad–, los periodistas que cubren fútbol ejercen una justicia abreviada de juicios sumarísimos y dictan sentencias tan inapelables como brutalmente perecederas. Como eyaculadores precoces, desparraman su veneno en condenas sin pruebas que mañana mutarán en absoluciones igual de ligeras e imprudentes.
Con el pase de Argentina a cuartos de final del Mundial, entramos definitivamente en la segunda fase del proceso dialéctico del panquequismo nacional.
Los conversos –una legión que podría encontrar una referencia legítima en el risueño Elio Rossi, tan ridículo con sus tiradores y sus auriculares de McPhanton transmitiendo con una cámara web como si estuviera saliendo desde una sonda de la NASA– son tal cosa porque, con sus elogios al trabajo del DT argentino “desde que la Selección está en Sudáfrica”, contradicen y hasta niegan sus versiones originales a la vez que las contienen y las sobreexponen, y encontrarán su superación y sus mejores formas si el sábado que viene Alemania ratifica su condición de verdugo de la ilusión nacional.
• Al cabo de las eliminatorias, Maradona era un inepto que nada sabía de fútbol y a quien el buzo de DT le quedaba enorme. Encima, era un guarango. El destino de la Argentina estaba escrito: se volvía rápido de Sudáfrica, como de Corea y Japón, con esa manga de divos que no sentían la camiseta –y a Messi no le interesaba la Selección.
• Hoy, el mismo Maradona demuestra en cada partido, en cada cambio, en cada decisión todo lo que sabe de táctica. Es, además, un motivador que transmite su patriotismo y su devoción por la pelota que no se mancha y contagia a un equipo de multimillonarios hermanados en una comunidad de potreristas amateurs –y Messi es lo más.
Las dos afirmaciones son exageradas. Sentencias como rayos. Conclusiones furtivas. El resultado de una práctica inaceptable para el pensador uruguayo Luis Garisto, que, en vano, predicó en estas tierras: “Ni desastres cuando perdemos ni fenómenos cuando ganamos”.
Los que ayer bajaban el martillo de la condena predecían la peste que no había llegado. Pero los que hoy se deshacen en elogios –que son los mismos, en muchos casos– crean la fantasía de la consagración que tampoco llegó.
Porque lo cierto es que, hasta ahora, la Argentina apenas hizo lo que también hizo con Aquí Pekerman en Alemania ’06 y bajo la mano de hierro del káiser Passarella en Francia ’98, dos mundiales que no han quedado grabados en la galería de los éxitos nacionales. Y esto (haber llegado a cuartos) tampoco será nada el sábado, si Sudáfrica 2010 terminase ese día para los argentinos.
Para algunos, incluso, Maradona volverá a ser el guarango que no sabía nada: no habrá encontrado nunca el equipo, no habrá podido hacer de Messi el goleador implacable del Barcelona, habrá llevado a un conductor pasado de madurez, por caprichoso no habrá contado con el imprescindible Riquelme, habrá metido a Ruggeri por la ventana de la concentración, habrá pifiado feo por no haber hecho amistosos antes de la competencia, no habrá sabido escuchar a Bilardo, habrá sido el peor de los nepotistas y el traje Etiqueta Negra le habrá quedado horrible. Deberá comerse su soberbia, el muy inútil. Y deberá irse a la casa.
En fin, la sentencia será inapelable. Y el carruaje volverá a ser calabaza.
No. En rigor, darles estatura de intérpretes del pueblo sería una exageración. O más: un error. Entonces: los periodistas que cubren fútbol tienen micrófonos para amplificar las barbaridades que todos decimos, con menos repercusión pública, en el living, en la oficina o en el bar. Son, acaso, hinchas con micrófono, con lo que estarían defraudando la expectativa lógica de que, por su formación específica en la materia, que debería distinguirlos del que se preparó para diseñar puentes, extirpar tumores, purgar cañerías o reparar trenes delanteros, sus análisis estuviesen enriquecidos por conocimientos presuntamente más frondosos y sus pasiones, amortiguadas por ciertas normas del buen ejercicio profesional.
Pero no: como los hinchas comunes y corrientes, como el energúmeno de la popular –o de la platea, que puede ser peor porque se siente más poderoso y el poder crea sensación de impunidad–, los periodistas que cubren fútbol ejercen una justicia abreviada de juicios sumarísimos y dictan sentencias tan inapelables como brutalmente perecederas. Como eyaculadores precoces, desparraman su veneno en condenas sin pruebas que mañana mutarán en absoluciones igual de ligeras e imprudentes.
Con el pase de Argentina a cuartos de final del Mundial, entramos definitivamente en la segunda fase del proceso dialéctico del panquequismo nacional.
Los conversos –una legión que podría encontrar una referencia legítima en el risueño Elio Rossi, tan ridículo con sus tiradores y sus auriculares de McPhanton transmitiendo con una cámara web como si estuviera saliendo desde una sonda de la NASA– son tal cosa porque, con sus elogios al trabajo del DT argentino “desde que la Selección está en Sudáfrica”, contradicen y hasta niegan sus versiones originales a la vez que las contienen y las sobreexponen, y encontrarán su superación y sus mejores formas si el sábado que viene Alemania ratifica su condición de verdugo de la ilusión nacional.
• Al cabo de las eliminatorias, Maradona era un inepto que nada sabía de fútbol y a quien el buzo de DT le quedaba enorme. Encima, era un guarango. El destino de la Argentina estaba escrito: se volvía rápido de Sudáfrica, como de Corea y Japón, con esa manga de divos que no sentían la camiseta –y a Messi no le interesaba la Selección.
• Hoy, el mismo Maradona demuestra en cada partido, en cada cambio, en cada decisión todo lo que sabe de táctica. Es, además, un motivador que transmite su patriotismo y su devoción por la pelota que no se mancha y contagia a un equipo de multimillonarios hermanados en una comunidad de potreristas amateurs –y Messi es lo más.
Las dos afirmaciones son exageradas. Sentencias como rayos. Conclusiones furtivas. El resultado de una práctica inaceptable para el pensador uruguayo Luis Garisto, que, en vano, predicó en estas tierras: “Ni desastres cuando perdemos ni fenómenos cuando ganamos”.
Los que ayer bajaban el martillo de la condena predecían la peste que no había llegado. Pero los que hoy se deshacen en elogios –que son los mismos, en muchos casos– crean la fantasía de la consagración que tampoco llegó.
Porque lo cierto es que, hasta ahora, la Argentina apenas hizo lo que también hizo con Aquí Pekerman en Alemania ’06 y bajo la mano de hierro del káiser Passarella en Francia ’98, dos mundiales que no han quedado grabados en la galería de los éxitos nacionales. Y esto (haber llegado a cuartos) tampoco será nada el sábado, si Sudáfrica 2010 terminase ese día para los argentinos.
Para algunos, incluso, Maradona volverá a ser el guarango que no sabía nada: no habrá encontrado nunca el equipo, no habrá podido hacer de Messi el goleador implacable del Barcelona, habrá llevado a un conductor pasado de madurez, por caprichoso no habrá contado con el imprescindible Riquelme, habrá metido a Ruggeri por la ventana de la concentración, habrá pifiado feo por no haber hecho amistosos antes de la competencia, no habrá sabido escuchar a Bilardo, habrá sido el peor de los nepotistas y el traje Etiqueta Negra le habrá quedado horrible. Deberá comerse su soberbia, el muy inútil. Y deberá irse a la casa.
En fin, la sentencia será inapelable. Y el carruaje volverá a ser calabaza.
Feliz día
En nuestro día, los periodistas solemos ofrecer un espectáculo dantesco. Honramos nuestra condición de aves rapaces en interminables giras de recolección de souvenirs (cualquier chuchería garpa) y bolsiqueando políticos que financian nuestra voracidad y atienden nuestras vanidades con dineros públicos cuya malversación jamás impugnaremos.
Excitados como quinceañeras por el roce fugaz con el poder, y con la boca llena de canapés, condenamos a la hoguera a los herejes que se atreven a no agasajarnos, a nosotros, que somos tan especiales.
Acaso algún 7 de junio podríamos rechazar las adulaciones (propias y ajenas), dedicar unas horas a la autocrítica y reconocer algunas miserias, que de ésas tenemos como para hacer dulce.
Bueno, me voy a comer unos sánguches de miga. Invitan ustedes.
Excitados como quinceañeras por el roce fugaz con el poder, y con la boca llena de canapés, condenamos a la hoguera a los herejes que se atreven a no agasajarnos, a nosotros, que somos tan especiales.
Acaso algún 7 de junio podríamos rechazar las adulaciones (propias y ajenas), dedicar unas horas a la autocrítica y reconocer algunas miserias, que de ésas tenemos como para hacer dulce.
Bueno, me voy a comer unos sánguches de miga. Invitan ustedes.
No se humanicen más
Escuché esta mañana que las redes sociales están humanizando a los políticos. Es cierto. Algunos se están humanizando tanto que se están convirtiendo en personajes tan chiquitos y tan vulgares que van perdiendo esa pátina que los hace potenciales depositarios de nuestras expectativas más ambiciosas.
¿Hace falta que sumen sus anécdotas mínimas contadas en tiempo real al reality de vidas privadas célebres y anónimas que ofrecen los medios electrónicos en continuado?
No. No hace falta que parezca que están en cualquiera.
Digo:
1) No quiero que una chica que es diputada de la Nación y quiere gobernar la ciudad de Buenos Aires –y supongo que alguna vez se propondrá gobernar el país también– me cuente la nostalgia que le provocaron los caramelos mu mu que le regaló un amigo. No me interesa. No quiero.
2) No quiero ver la foto de un embajador que representa al país en la capital del mundo acariciando un pingüino gigante. Me resisto. No quiero.
3) No quiero leer los ruegos de un diputado provincial que sueña con arrancar el fin de semana el viernes. No quiero que el tipo me cuente que no tiene muchas ganas de laburar. No, gracias.
La verdad, si ésos son los políticos humanizados, los prefiero menos humanos.
Yo quiero líderes que me convenzan de que son especiales, intelectualmente superiores, cultos, hipersensibles. Que me fascinen con ideas nuevas
Quiero dirigentes que me ayuden a abrir la cabeza, que estén varios pasos adelante de mí, que puedan abrir caminos que yo sería incapaz de encontrar, que hagan de la política una causa épica, una epopeya, que no paren un minuto porque el sufrimiento ajeno no los deja dormir.
Quiero políticos que tengan la lucidez y el coraje para empujar los cambios que hagan falta para liberarnos; que lideren transformaciones progresistas y revoluciones, si hiciera falta.
Quiero que sean tan especiales como para inspirar nuevas corrientes sociales de fe y confianza en la política.
No quiero que sean boludos cualquiera, como uno. No quiero.
¿Hace falta que sumen sus anécdotas mínimas contadas en tiempo real al reality de vidas privadas célebres y anónimas que ofrecen los medios electrónicos en continuado?
No. No hace falta que parezca que están en cualquiera.
Digo:
1) No quiero que una chica que es diputada de la Nación y quiere gobernar la ciudad de Buenos Aires –y supongo que alguna vez se propondrá gobernar el país también– me cuente la nostalgia que le provocaron los caramelos mu mu que le regaló un amigo. No me interesa. No quiero.
2) No quiero ver la foto de un embajador que representa al país en la capital del mundo acariciando un pingüino gigante. Me resisto. No quiero.
3) No quiero leer los ruegos de un diputado provincial que sueña con arrancar el fin de semana el viernes. No quiero que el tipo me cuente que no tiene muchas ganas de laburar. No, gracias.
La verdad, si ésos son los políticos humanizados, los prefiero menos humanos.
Yo quiero líderes que me convenzan de que son especiales, intelectualmente superiores, cultos, hipersensibles. Que me fascinen con ideas nuevas
Quiero dirigentes que me ayuden a abrir la cabeza, que estén varios pasos adelante de mí, que puedan abrir caminos que yo sería incapaz de encontrar, que hagan de la política una causa épica, una epopeya, que no paren un minuto porque el sufrimiento ajeno no los deja dormir.
Quiero políticos que tengan la lucidez y el coraje para empujar los cambios que hagan falta para liberarnos; que lideren transformaciones progresistas y revoluciones, si hiciera falta.
Quiero que sean tan especiales como para inspirar nuevas corrientes sociales de fe y confianza en la política.
No quiero que sean boludos cualquiera, como uno. No quiero.
No se humanicen más
Escuché esta mañana que las redes sociales están humanizando a los políticos. Es cierto. Algunos se están humanizando tanto que se están convirtiendo en personajes tan chiquitos y tan vulgares que van perdiendo esa pátina que los hace potenciales depositarios de nuestras expectativas más ambiciosas.
¿Hace falta que sumen sus anécdotas mínimas contadas en tiempo real al reality de vidas privadas célebres y anónimas que ofrecen los medios electrónicos en continuado?
No. No hace falta que parezca que están en cualquiera.
Digo:
1) No quiero que una chica que es diputada de la Nación y quiere gobernar la ciudad de Buenos Aires –y supongo que alguna vez se propondrá gobernar el país también– me cuente la nostalgia que le provocaron los caramelos mu mu que le regaló un amigo. No me interesa. No quiero.
2) No quiero ver la foto de un embajador que representa al país en la capital del mundo acariciando un pingüino gigante. Me resisto. No quiero.
3) No quiero leer los ruegos de un diputado provincial que sueña con arrancar el fin de semana el viernes. No quiero que el tipo me cuente que no tiene muchas ganas de laburar. No, gracias.
La verdad, si ésos son los políticos humanizados, los prefiero menos humanos.
Yo quiero líderes que me convenzan de que son especiales, intelectualmente superiores, cultos, hipersensibles. Que me fascinen con ideas nuevas
Quiero dirigentes que me ayuden a abrir la cabeza, que estén varios pasos adelante de mí, que puedan abrir caminos que yo sería incapaz de encontrar, que hagan de la política una causa épica, una epopeya, que no paren un minuto porque el sufrimiento ajeno no los deja dormir.
Quiero políticos que tengan la lucidez y el coraje para empujar los cambios que hagan falta para liberarnos; que lideren transformaciones progresistas y revoluciones, si hiciera falta.
Quiero que sean tan especiales como para inspirar nuevas corrientes sociales de fe y confianza en la política.
No quiero que sean boludos cualquiera, como uno. No quiero.
¿Hace falta que sumen sus anécdotas mínimas contadas en tiempo real al reality de vidas privadas célebres y anónimas que ofrecen los medios electrónicos en continuado?
No. No hace falta que parezca que están en cualquiera.
Digo:
1) No quiero que una chica que es diputada de la Nación y quiere gobernar la ciudad de Buenos Aires –y supongo que alguna vez se propondrá gobernar el país también– me cuente la nostalgia que le provocaron los caramelos mu mu que le regaló un amigo. No me interesa. No quiero.
2) No quiero ver la foto de un embajador que representa al país en la capital del mundo acariciando un pingüino gigante. Me resisto. No quiero.
3) No quiero leer los ruegos de un diputado provincial que sueña con arrancar el fin de semana el viernes. No quiero que el tipo me cuente que no tiene muchas ganas de laburar. No, gracias.
La verdad, si ésos son los políticos humanizados, los prefiero menos humanos.
Yo quiero líderes que me convenzan de que son especiales, intelectualmente superiores, cultos, hipersensibles. Que me fascinen con ideas nuevas
Quiero dirigentes que me ayuden a abrir la cabeza, que estén varios pasos adelante de mí, que puedan abrir caminos que yo sería incapaz de encontrar, que hagan de la política una causa épica, una epopeya, que no paren un minuto porque el sufrimiento ajeno no los deja dormir.
Quiero políticos que tengan la lucidez y el coraje para empujar los cambios que hagan falta para liberarnos; que lideren transformaciones progresistas y revoluciones, si hiciera falta.
Quiero que sean tan especiales como para inspirar nuevas corrientes sociales de fe y confianza en la política.
No quiero que sean boludos cualquiera, como uno. No quiero.
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