Los estudiantes del Mayo Francés acaso hayan sido protagonistas del último intento de la izquierda por cambiar el mundo, “la historia” —la historia como un todo. La revuelta parisina del ’68 fue, quizá, el último zarpazo revolucionario contra “el sistema” —contra todo “el sistema”— y, también, el último grito —un grito desgarrado—, el último estertor de la modernidad, que ya agonizaba.
Después, los que vinieron después, montados sobre el fracaso del marxismo por obra y gracia de la brutalidad stalinista, detonaron una bomba en el corazón de “la historia” y la partieron en miles de esquirlas. La convirtieron en infinitos fragmentos, en infinitos pequeños relatos sin pasado, sin sentido y sin futuro. Y crearon el marco teórico necesario para la renuncia a la épica de las grandes causas; para resignarse a luchar contra las injusticias del capitalismo desde adentro del sistema. Ya no se podía cambiarlo todo, porque no había ningún todo.
Con la caída del muro, los posmodernos neoliberales decretaron la muerte de las ideologías, mandaron a las utopías a los museos, momificaron las epopeyas universales.
Si algo bueno ha hecho el kirchnerismo en esta primera década del siglo XXI es pelearse con la posmodernidad neoliberal. Y recuperar a la política —el concepto de, primero que nada—como proceso colectivo de creación de justicia (política, social, económica y cultural).
Lo que ha hecho el kirchnerismo en Argentina es —lo ha intentado, al menos— reconstruir el valor de la militancia comprometida y solidaria. Nos propuso reencontrarnos en una identidad y en un proyecto nacionales y latinoamericanos. Nos invitó a salir del closet del individualismo salvesequienpuedista posmoderno y neoliberal.
De todos modos, a 27 años de haber recuperado la democracia y a más de siete de kirchnerismo, son muchos los que le siguen poniendo una carga negativa a la política —recuérdese: a las dictaduras no les gusta la política; lo primero que hizo la última nuestra fue prohibir la política.
Toda vez que la militancia estudiantil se pone revoltosa —natural, saludable y refrescantemente revoltosa—, los voceros de la derecha le saltan encima como lobos hambrientos.
Ahí están los Feinmann en la tele para mandar a esos mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda a la casa a estudiar. “A vos tu educación te sale gratis, pero a mí y a todos los contribuyentes tu educación nos cuesta bastante caro como para que vos te la pases haciendo quilombo”, suele gritarles Feinmann, rojo —vaya paradoja— de calentura fascista.
Ahí están los movileros echando leña al fuego con la palabra maldita. “¿Cree que la protesta de los chicos se politizó?”, les preguntan a esos padres enardecidos, exponentes de la clase media notemetasista que prefieren criar a sus hijos a su imagen y semejanza y entonces no conciben la posibilidad de que tomen el cole aunque en su cole esté todo bien; que lo tomen por solidaridad con los que van a uno en el que está todo mal —no entienden que la solidaridad es el insumo fundamental de la militancia, el valor inflamable que la enciende y la mantiene viva, como una llama.
Ahí no están los grandulones que trabajan de burócratas y no hacen lo que tienen que hacer y, con cara de circunstancia, declaman que “cerrar colegios es atentar contra la educación pública”. A ellos, verdaderos responsables de la educación de los pibes que se ponen revoltosos para reclamar ese derecho, la cámara casi no los toma. La cámara de Feinmann se enamora de los mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda —amores que matan.
Pero también están los otros. Los padres que prefieren ver a sus hijos millones de veces derrapando en el barro de la militancia política solidaria antes que contemplarlos en la seguridad del autismo. Los viejos que se ahogan en baba cuando los ven hablando por la tele. Los que marchan con ellos para apoyarlos y para cuidarlos.
Están los Feinmann que se lamentan por el dinero público tirado a la mierda, malgastado en la formación de los mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda.
Y estamos los que creemos que a esos pibes habría que becarlos. A esos chicos que demuestran desde temprano esa vocación por el servicio público; a esos pendejos revoltosos que gritan sus ganas de conducir y liderar países mejores; a esos chicos que ya están decididos a hacerse cargo, los que no tienen ninguna de esas inquietudes deberían, por lo menos, financiarles una buena formación.
A esos pibes, el Estado, la política, la escuela, la sociedad deberían prestarles especial atención, apoyarlos, facilitarles las mejores herramientas para que mañana puedan ser buenos administradores de la cosa pública —eficientes, creativos, responsables, honestos—, garantizarles el acceso a todos los libros que quieran leer.
Esos mocosos-vagos-trotskistas-leninistas de mierda son, en definitiva, los que intentarán garantizarles a los hijos de los demás, a los hijos de los que hoy no se embarran y a los nietos de los que prefieren que sus hijos no se embarren, una educación pública progresista y de excelencia; una que forme actores sociales dispuestos a abrazar las grandes causas para escribir los grandes relatos de mañana.
martes, 16 de noviembre de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario