Michel Foucault plantea que “la verdad es de este mundo” y que “existe un ‘combate por la verdad’”. Y José Pablo Feinmann explica, explicando a Foucault: “Que sea de este mundo significa que no es ‘revelada’, que no existe ‘en sí’, que no es ‘necesaria’, que no es ‘evidente’, que no es ‘verificable’, que no es ‘científica’, que no se opone a ‘falsedad ideológica’”. Y explica también: “Que hay un ‘combate’ a su alrededor significa que hay que conquistarla”.
Para Foucault, la verdad no está ahí y sólo hay que descubrirla, como decían los griegos. La “verdad”, en rigor, es el resultado de un proceso de producción, es la criatura nacida de un sistema de producción de verdad, que no es otro que el poder. La verdad, en definitiva, es una imposición del poder. “Está ligada circularmente a los sistemas de poder que la producen y la mantienen”, dice Foucault.
Eso, explica Feinmann, explicando a Foucault, da lugar a un combate que no es “a favor de la verdad”, sino “por la verdad”.
¿Cómo triunfar en ese combate? ¿Cómo construir otra verdad? “No se trata de liberar la verdad de todo sistema de poder (…) sino de separar el poder de la verdad de las formas hegemónicas (sociales, económicas, culturales) en el interior de las cuales funciona por el momento”, dice Foucault, y Feinmann lo interpreta: “En suma, no hay que liberar la verdad del sistema de poder” porque “la verdad se expresa como poder y por medio del poder”. Y propone, interpretando a Foucault y en tren de “triunfar en la ‘lucha por la verdad’”, hacer un cambio “drástico”, “revolucionario”, para cambiar, en palabras de Foucault, “el régimen político, económico, institucional de producción de la verdad”.
Con preguntas, Feinmann abunda en eso del cambio “drástico”, “revolucionario”. ¿Se trata de, separando la verdad, crear nuevas formas hegemónicas? ¿Se trata de apropiarse de ellas y —desde ellas—imponer una nueva verdad-poder?
Foucault escribió esto hace más de tres décadas. Feinmann, hace seis años. Los dos nos ayudan a entender qué pasa hoy en Argentina.
El combate del momento. Juntos, Clarín y La Nación tienen el setenta y pico por ciento de las acciones de Papel Prensa. Es decir que controlan la producción y la comercialización del papel de diario que se consume en el país. O sea: administran a su antojo el insumo esencial de los diarios.
No sólo fijan a discreción el precio del papel, sino que producen según sus propias necesidades (la planta produciría por debajo de su capacidad para pisar la oferta), con lo que también fijan los cupos de compra a los que acceden los demás diarios y fijan la disposición del insumo en el mercado.
Cada vez que lo hacen, compran papel para varios meses y patean los pagos. Por eso siempre tienen stock de sobra. Los otros diarios, en cambio, tienen que comprar a cuentagotas y cash.
Éste es uno de los cimientos del poder de La Nación y de Clarín y, a la vez, una de las cruces más pesadas que cargan los otros diarios, sobre todo los más chicos del interior. Por eso difícilmente vayan a encontrarse críticas a la avanzada del Gobierno en otros diarios que no sean La Nación y Clarín. Por el contrario, podrán encontrarse adhesiones tácitas y hasta explícitas (botón de muestra en http://www.diariohoy.net/accion-verNota-id-100067-titulo-La_lucha_que_nos_fortalece).
Clarín y La Nación (sobre todo Clarín) son un poder trascendente a los gobiernos. Han sometido a todos en base a prácticas que poco tienen que ver con los buenos modales (“Ningún gobierno resiste tres tapas seguidas en contra”). Y han adherido a todos los que los favorecieron en sus negocios, sin reparar en su naturaleza ni en su legitimidad/legalidad.
Son, en palabras de Foucault, el sistema hegemónico de producción de verdad.
Más allá de revelar cómo se apropiaron de Papel Prensa en alianza estratégica con la dictadura genocida, el objetivo del Gobierno es desconcentrar el mercado del papel para desarticular ese poder hegemónico de producción de verdad.
El Gobierno y Clarín están trenzados en un cruento combate por la verdad que, teniendo en cuenta eso de que Foucault explicó este proceso hace más de 30 años, no debería escandalizar a nadie. Pero escandaliza, sí, porque este gobierno es el primero que se anima a pelearle la verdad al sistema que hegemoniza la construcción del relato “verdadero”.
A los periodistas no nos gusta esta suerte de River-Boca que se juega en los medios. Aún atendiendo a Foucault, y aunque está claro que la objetividad ejercida por sujetos es un contrasentido, muchos creemos que la intención de la imparcialidad en la redacción de la noticia (y la opinión rotulada claramente como tal) es un camino que nos acerca al buen periodismo.
Pero hoy lo que hay es un combate. Y en los combates, los neutrales son bichos raros.
Un sistema democrático y pluralista de producción de verdades debería erigirse en la calma después de la tormenta.
martes 16 de noviembre de 2010
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