martes 16 de noviembre de 2010

El mensaje del pueblo


“Todavía quedan causas por defender en este mundo”. Con esa frase/arenga, José Pablo Feinmann cierra “La filosofía y el barro de la historia”, un libraco esencial, del que no se sale ileso.

Con ese mensaje, sostenido por una convicción arrolladora, entró a la historia argentina Néstor Kirchner en mayo de 2003, cuando creíamos que todo estaba perdido.

Con esa consigna, que muchos tardamos en apreciar por estar entretenidos con el árbol que nos tapaba el bosque, refutó el nihilismo adormecedor de la posmodernidad neoliberal de los ’90; aquella que nos quiso convencer de que habían muerto las ideologías y las utopías. Lo que es lo mismo: que ya no tenía sentido soñar un mundo sin injusticia, única manera de no soportarla.

Kirchner recuperó a la política como proceso colectivo de creación de justicia. Y reconstruyó el valor de la militancia solidaria. Las ganas de luchar por los otros. Como decía Sartre: el valor del hombre en la calle, entre los otros hombres, arrojado a la praxis de su libertad inalienable.

Eso se nota en estas horas tristes, pero cargadas de compromiso social, de ciudadanía.

Para despedir al ex presidente, la cola sale de Plaza de Mayo, recorre la avenida de Mayo hasta la 9 de Julio y rebota otra vez hasta la Plaza. Y no afloja. Conmueve.

Hay chicos, hay jóvenes (hay muchos jóvenes), hay adultos, hay viejos, hay hombres y mujeres, hay gays, hay pobres, hay perfectos representantes de la clase media porfiada, hay intelectuales, artistas, militantes estudiantiles y de organizaciones sociales, hay laburantes, hay indios, hay coyas, hay negros, blancos, morochos, rubios y pelirrojos.

Es el pueblo. El pueblo en la calle. Dolorido, compungido, shockeado, con esa demoledora sensación de orfandad...

Lloran desconsolados. Lloran como marranos. Lloran mujeres y lloran tipos corpulentos, con sus caras de recios desfiguradas por la angustia… lloran como chicos.

Y bancan. La bancan a ella, que se aferra a ese féretro que guarda 35 años del más intenso romance que diera la política argentina después de Perón y Eva.

Ella es un fenómeno: tiene las luces y el pueblo. ¿Quién más tuvo las luces y el pueblo?

Y no tiene sólo al pueblo argentino. En la cola hay uruguayos, bolivianos, paraguayos, peruanos… Es el pueblo de la Patria Grande que soñaron San Martín y Bolívar. Y también Kirchner.

El primero que la quebró fue un peruano que gritó, su puño en alto, delante del cajón: “¡Viva Kirchner! ¡Viva la América del Sur!”. Ella se hundió en el pecho de su hija y lloró.

Con ella están Mujica, Evo, Correa, Lugo, Piñera, Santos, Chavez. Viene Lula. Ellos están juntos en el dolor como estuvieron en la celebración del Bicentenario. Como estuvieron en Bariloche para evitar una guerra entre hermanos cuando a Chávez y a Uribe se les había acabado la paciencia; como estuvieron en la selva colombiana para rescatar a los rehenes de las FARC, en Honduras para bancar a Zelaya, en Ecuador para defender a Correa.

Mojones de un camino restaurador, irreversible, esperanzador.

El pueblo en la calle está diciendo que no quiere volver para atrás.

Le agradece a él que lo haya convocado a recorrerlo, que lo haya puesto a andar en ese camino.

Y la banca a ella.

Recoge el mensaje fundacional, ya hecho carne. Y le dice: “Todavía quedan causas por defender en este mundo”.

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