En nuestro día, los periodistas solemos ofrecer un espectáculo dantesco. Honramos nuestra condición de aves rapaces en interminables giras de recolección de souvenirs (cualquier chuchería garpa) y bolsiqueando políticos que financian nuestra voracidad y atienden nuestras vanidades con dineros públicos cuya malversación jamás impugnaremos.
Excitados como quinceañeras por el roce fugaz con el poder, y con la boca llena de canapés, condenamos a la hoguera a los herejes que se atreven a no agasajarnos, a nosotros, que somos tan especiales.
Acaso algún 7 de junio podríamos rechazar las adulaciones (propias y ajenas), dedicar unas horas a la autocrítica y reconocer algunas miserias, que de ésas tenemos como para hacer dulce.
Bueno, me voy a comer unos sánguches de miga. Invitan ustedes.
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