martes 16 de noviembre de 2010

La dialéctica del panqueque

Con honrosas excepciones, los periodistas que cubren fútbol suelen ser buenos voceros de las miserias populares, que no por ser populares dejan de ser miserias, dicho esto con la certeza de que no se trata de una afirmación muy popular –tribunera, debería decirse.

No. En rigor, darles estatura de intérpretes del pueblo sería una exageración. O más: un error. Entonces: los periodistas que cubren fútbol tienen micrófonos para amplificar las barbaridades que todos decimos, con menos repercusión pública, en el living, en la oficina o en el bar. Son, acaso, hinchas con micrófono, con lo que estarían defraudando la expectativa lógica de que, por su formación específica en la materia, que debería distinguirlos del que se preparó para diseñar puentes, extirpar tumores, purgar cañerías o reparar trenes delanteros, sus análisis estuviesen enriquecidos por conocimientos presuntamente más frondosos y sus pasiones, amortiguadas por ciertas normas del buen ejercicio profesional.

Pero no: como los hinchas comunes y corrientes, como el energúmeno de la popular –o de la platea, que puede ser peor porque se siente más poderoso y el poder crea sensación de impunidad–, los periodistas que cubren fútbol ejercen una justicia abreviada de juicios sumarísimos y dictan sentencias tan inapelables como brutalmente perecederas. Como eyaculadores precoces, desparraman su veneno en condenas sin pruebas que mañana mutarán en absoluciones igual de ligeras e imprudentes.
Con el pase de Argentina a cuartos de final del Mundial, entramos definitivamente en la segunda fase del proceso dialéctico del panquequismo nacional.

Los conversos –una legión que podría encontrar una referencia legítima en el risueño Elio Rossi, tan ridículo con sus tiradores y sus auriculares de McPhanton transmitiendo con una cámara web como si estuviera saliendo desde una sonda de la NASA– son tal cosa porque, con sus elogios al trabajo del DT argentino “desde que la Selección está en Sudáfrica”, contradicen y hasta niegan sus versiones originales a la vez que las contienen y las sobreexponen, y encontrarán su superación y sus mejores formas si el sábado que viene Alemania ratifica su condición de verdugo de la ilusión nacional.

• Al cabo de las eliminatorias, Maradona era un inepto que nada sabía de fútbol y a quien el buzo de DT le quedaba enorme. Encima, era un guarango. El destino de la Argentina estaba escrito: se volvía rápido de Sudáfrica, como de Corea y Japón, con esa manga de divos que no sentían la camiseta –y a Messi no le interesaba la Selección.

• Hoy, el mismo Maradona demuestra en cada partido, en cada cambio, en cada decisión todo lo que sabe de táctica. Es, además, un motivador que transmite su patriotismo y su devoción por la pelota que no se mancha y contagia a un equipo de multimillonarios hermanados en una comunidad de potreristas amateurs –y Messi es lo más.

Las dos afirmaciones son exageradas. Sentencias como rayos. Conclusiones furtivas. El resultado de una práctica inaceptable para el pensador uruguayo Luis Garisto, que, en vano, predicó en estas tierras: “Ni desastres cuando perdemos ni fenómenos cuando ganamos”.
Los que ayer bajaban el martillo de la condena predecían la peste que no había llegado. Pero los que hoy se deshacen en elogios –que son los mismos, en muchos casos– crean la fantasía de la consagración que tampoco llegó.

Porque lo cierto es que, hasta ahora, la Argentina apenas hizo lo que también hizo con Aquí Pekerman en Alemania ’06 y bajo la mano de hierro del káiser Passarella en Francia ’98, dos mundiales que no han quedado grabados en la galería de los éxitos nacionales. Y esto (haber llegado a cuartos) tampoco será nada el sábado, si Sudáfrica 2010 terminase ese día para los argentinos.

Para algunos, incluso, Maradona volverá a ser el guarango que no sabía nada: no habrá encontrado nunca el equipo, no habrá podido hacer de Messi el goleador implacable del Barcelona, habrá llevado a un conductor pasado de madurez, por caprichoso no habrá contado con el imprescindible Riquelme, habrá metido a Ruggeri por la ventana de la concentración, habrá pifiado feo por no haber hecho amistosos antes de la competencia, no habrá sabido escuchar a Bilardo, habrá sido el peor de los nepotistas y el traje Etiqueta Negra le habrá quedado horrible. Deberá comerse su soberbia, el muy inútil. Y deberá irse a la casa.

En fin, la sentencia será inapelable. Y el carruaje volverá a ser calabaza.

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